24 años
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Hace 3 días

Estaba en medio de clase... y me entraron ganas de ir al baño. Recuerdo que, estando ya dentro, alguien comenzó a llamar a la puerta. Le dije que estaba ocupado... pero siguió insistiendo, como si ese fuera el único baño que había en todo el colegio. Le dije que esperara. Que buscara otro. Pero lo único que decía era que le abriese la puerta. Cada vez que le contestaba que no... o que se fuera... daba golpes aún más fuertes. Y, ya casi gritando, me pedía por favor que le dejase pasar. Lo recuerdo bien porque aquellos gritos no eran de alguien que tenía prisa por ir al baño. Eran de alguien que estaba muy asustado. Y con sus gritos... logró asustarme a mí. Me quedé todo el tiempo que pude encerrado... hasta que vinieron a buscarme. Creyeron que trataba de esconderme de las clases... y me castigaron toda la semana sin poder salir a jugar. Si me veían con alguien mientras estaba castigado... lo alargarían aún más. El siguiente gran encuentro pasó unos meses después... durante una barbacoa familiar. Este... lo recuerdo como una pesadilla. Mi padre me pidió que fuera a buscar los encendedores al cobertizo. Uno apenas más grande que un armario. Tan pronto como entré... las puertas se cerraron. Y comenzaron los golpes frenéticos. La voz era diferente a la primera. Parecía una persona mucho más mayor... y, por la fuerza de los golpes y los gritos... más cabreada. En segundos pasó de pedir por favor que le dejase entrar... a jurar que me arrancaría los dientes si no lo hacía. Me quedé congelado en silencio... esperando que alguien en el jardín escuchara los golpes... o los gritos. ¿Cuántos golpes más podría aguantar la puerta? Mientras pensaba que terminaría abriendo a golpes... oí a mi padre. La abrió preguntándome por qué tardaba tanto. Inventé que me había quedado encerrado. Todo con tal de no tener que explicar que supuestamente escuchaba voces... que nadie más podía escuchar. Cada pocos meses sucedía algo similar. Voces a veces más adultas. O más cabreadas. O más amenazantes. Pude acostumbrarme... ya que, pese al miedo que sentía, no podían entrar si yo no abría la puerta. Por más golpes que dieran. Cada una de esas voces parece tener una estrategia distinta... para intentar que abra la puerta. El más inquietante... es el que no da golpes. Ni grita. Se limita a pasarme hojas en blanco por debajo de la puerta. A veces cambia el color de la hoja... pero nunca escribe nada. Más de veinte años después... diría que lo he mantenido con la mayor normalidad posible. Pero, a medida que pasa el tiempo... las voces también cambian un poco. Recientemente ha vuelto la voz del cobertizo. Pero ya no parece tan cabreado. Ahora quiere que les ayude... hablando también del resto. Mientras suplicaba... también fue la primera vez que vi cómo se oscurecía dentro de la habitación. Tan dolida sonaba esa voz... que hasta me planteé abrir la puerta. Pero esperé a que se fuera. Las voces se han sustituido por gritos. No de enfado... sino de agonía y súplica. A diferencia de antes... ya no parece que esté seguro encerrado. Cada vez noto con más fuerza... que algo entra conmigo en la habitación en la que esté encerrado. Estando en casa... y sintiendo que la cabeza me va a explotar... los puedo oír. Están llorando. Han dejado de hablarme... para centrarse en los golpes. Un golpe que haría preocupar a un bloque de edificios entero... hace saltar un trozo de yeso de la pared. Hasta ahora... no habían podido romper nada. Otro gran golpe viene de la puerta... y esta vez han logrado crear una grieta. A este ritmo... van a entrar. Empujé algunos muebles contra la puerta principal... creando la barricada más débil que puedas imaginar. ¿Cómo es que ahora son tan agresivos? ¿Y qué ha cambiado? Por suerte... como siempre... vino ese silencio que tanto agradecía. Y retiré los muebles que había puesto en la entrada. En ese momento... solo quería salir a un espacio abierto. Sin puertas de por medio. Pero no pude abrirla. Fijándome en la mirilla... no podía ver la calle. Ahora veía una habitación. Una biblioteca, creo. Y en ella... había un único niño sentado. Le llamé a la puerta para que viniera. —Oye... ¿puedes hacerme un favor y abrir la puerta? Se levantó... negando con la cabeza. —No puedo. Me han castigado... y no puedo dejar entrar a nadie... o me castigarán otra vez. Otro golpe dentro de casa. Han roto una de las ventanas... pero no veo nada al otro lado. Está todo negro. Ya sé lo que ha cambiado. Ya no quieren entrar. Quieren... que yo salga. Voy corriendo a la puerta... y la golpeé con fuerza para llamar otra vez al niño. —En serio... ven y abre la puerta, por favor. —De verdad necesito que la abras.

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