Irene siempre fue la típica "niña buena" de la clase: callada, de sacar notazas y súper discreta. Pero un día se dejó la tablet desbloqueada en la biblioteca y, por puro cotilleo, le eché un ojo. Descubrí que tenía una app oculta con su diario personal y resulta que de santita no tenía nada. Escribía que estaba aburrida de su vida perfecta y que su mayor fantasía era que alguien descubriera sus secretos y jugara con su mente desde el anonimato. Se me cruzó un cable y decidí seguirle el juego. Al día siguiente le dejé un post-it anónimo en su mesa con una frase exacta de su diario: "Sé lo que piensas de verdad cuando miras por la ventana". Desde atrás, vi cómo lo leía y se ponía roja, pero no de miedo, sino de pura intriga, buscando disimuladamente quién de la clase la había pillado. El remate fue la semana pasada. Coincidimos los dos solos en el ascensor de la facultad. Me puse detrás de ella, en total silencio, y justo antes de llegar a la planta baja, me acerqué un poco y le susurré al oído una de las palabras clave de su diario. Vi por el espejo cómo se le cortó la respiración y se giró a mirarme con los ojos como platos, dándose cuenta de que era yo. En ese preciso instante, las puertas se abrieron. Le sonreí, le dije "hasta luego, Irene" en tono súper casual y me fui caminando por el pasillo. No hemos vuelto a hablar de ello, pero ahora, cada vez que nos cruzamos, hay una tensión brutal entre los dos. Es el mejor secreto que tengo.
18 años
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Hace 15 horas
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