18 años
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Hace 2 horas

Solo los verdaderos lectores lo apreciarán: La puerta de mi abuelita ¿Desde cuándo el cuarto de mi abuelita se convirtió en el cuarto de huéspedes? Nunca lo había pensado. Simplemente pasó. Yo tenía cinco años. Todas las noches sabía que, detrás de aquella puerta, había algo para mí: algún dulce, algún programa que me gustaría, un abrazo, un beso, un “te amo, mi niño”. Sabía que al entrar por aquella puerta siempre encontraría algo que me hacía feliz. Recuerdo muy bien que todo era normal. Jugábamos, reíamos, veíamos la televisión. Pero había algo que no entendía. ¿Por qué mi abuelita ya no salía de la cama? ¿Tenía sueño? ¿Estaba cansada? ¿Era floja? No lo sabía. Solo sabía que su barriga estaba creciendo. Llegué incluso a pensar que estaba embarazada. Después comenzaron las citas con el médico, los estudios, la sangre, las palabras que yo no entendía. Todo eso era nuevo para mí. Sabía que ella no se sentía bien, sabía que algo estaba cambiando en ella, pero no entendía qué. Hasta que conocí unas palabras nuevas: Cáncer de ovario. ¿Qué era eso? ¿Por qué estaba en mi abuelita? ¿Se iba a curar? Ella todavía jugaba conmigo. Había días buenos y días malos, pero, para mí, seguía siendo la misma persona llena de luz. Su cuarto seguía siendo mi lugar favorito de la casa. Hasta que un día, aquella puerta dejó de abrirse. Pasaron días en los que ya no podía entrar. Solo podía verla unos minutos al día. Ella había cambiado por completo y yo no entendía por qué. ¿Qué podía hacer por ella? Nada. Pasaban los días y yo solo podía ver cómo aquella puerta se cerraba frente a mí. Extrañaba a mi abuelita. Una mañana desperté. Era un día nublado. Se suponía que volvería a verla. Que bajaría las escaleras emocionado, abriría aquella puerta y encontraría el abrazo que siempre me esperaba. Pero no fue así. Encontré a mis hermanas llorando. Mis papás no estaban. No entendía qué estaba pasando. Solo sabía que algo había ocurrido. Cuando mis papás llegaron, mi mamá apenas podía caminar y mi papá apenas podía hablar. Y entonces lo entendí. Mi abuelita ya no estaba. Pero ¿qué sabe un niño de cinco años sobre la muerte? Tardé mucho en entender que ella ya no volvería a casa. Que ya no podría abrir aquella puerta y encontrarla ahí. Que ya no habría un abrazo, un beso, un dulce o un “te amo, mi niño”. Pasaron los años y aquella puerta siguió significando algo para mí. Pero ahora, cuando la miro, sé que ya no hay nada esperándome al otro lado. Solo una cama vacía esperando ser ocupada por una visita. La silla donde ella me cargaba en sus piernas ahora solo la usamos para poner ropa. Y lo sé... Por más que mire aquella puerta y desee que ella vuelva a estar ahí cuando la cruce, no estará. Quién diría que una simple puerta podría contener tantos recuerdos felices, dolorosos, tristes; tanta nostalgia y tanto amor. Quién diría que podemos guardar tanto dentro de un objeto que, para muchos, no es más que eso: un objeto. Pero para nosotros puede ser un abrazo, un beso, un hola, un adiós o incluso un “hasta mañana”... que nunca amaneció. Y entonces me pregunto: ¿Desde cuándo dejó de sentirse tan propio? ¿Cuándo dejé que otros entraran en ese espacio que alguna vez fue solamente mío? En algo tan íntimo que se volvió parte de mí. Algo tan lleno de amor que terminó convirtiéndose en parte de la esencia de lo que soy. ¿Y ahora dejo que otros entren y duerman en él? No sé cuándo ocurrió. Supongo que simplemente pasó. Quizá eso es lo extraño de perder a alguien. La casa sigue ahí. Las paredes siguen ahí. La puerta sigue ahí. La cama sigue ahí. La silla sigue ahí. Todo permanece en su lugar. Solo cambia aquello que significaba. Una casa puede guardar memoria incluso cuando quienes la habitan han aprendido a seguir adelante. Y después de tantos años, todavía miro aquella puerta. No porque espere que vuelva a abrirse, sino porque durante mucho tiempo, detrás de ella, estaba una parte de mi mundo. Y ahora entiendo que quizá nunca fue solamente un cuarto. Era el lugar donde me esperaba mi abuelita. Era donde aprendí lo que se sentía ser amado. Y, de alguna manera, también es una parte de mí. Por eso la pregunta sigue ahí, tantos años después: ¿Desde cuándo el cuarto de mi abuelita se convirtió en el cuarto de huéspedes? Díganle si les gustó, soy nuevo en esto de escribir😶

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Comentarios (1)

18 años AUTOR
México · hace 2 horas

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