Hay casas que no solo se habitan, también recuerdan. La mía nunca me pareció especial durante mucho tiempo. Era simplemente el lugar donde crecí, donde las cosas estaban acomodadas de cierta manera y donde la vida pasaba sin que yo me detuviera a pensar en ella. Pero con los años empecé a notar que nada en ella es completamente inocente: los objetos no están solo porque sí, los rincones no se sienten iguales, y hay silencios que parecen tener memoria. Una mecedora vieja sigue en una esquina de la casa. Nadie la mueve, pero tampoco parece estar quieta del todo. No es solo un mueble; es la huella de alguien que la usó, que habitó ese mismo espacio antes de que yo entendiera que el tiempo también se queda pegado a las cosas. Mi casa no comenzó conmigo. Antes de mí ya estaba la historia de mis padres, construyendo algo que yo simplemente encontré hecho a medio camino. Después llegaron mis hermanas, ocupando los mismos espacios pero llenándolos de otras versiones de la vida. Y yo, el menor, crecí dentro de una casa que ya tenía recuerdos formados sin mí, pero que igual terminé haciendo míos sin darme cuenta. Y sin embargo, hay cosas que no se quedan solo en los objetos. Hay presencias que no necesitan forma para seguir ahí. Mi abuela también vivió en esta casa. Y aunque ya no está, no se siente como una ausencia completa. Se siente más como algo que cambió de lugar: una forma distinta de estar presente. Hay momentos que no desaparecen, solo se quedan suspendidos en los lugares donde ocurrieron, como si la casa los siguiera guardando en silencio. Al final, todas las casas funcionan de la misma manera. No solo se habitan: también guardan a quienes las han habitado. Y quizá por eso, más que un espacio donde vivimos, una casa es algo que termina viviendo dentro de nosotros. Díganme si les gustó 😬
18 años
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4
26/07/2026 16:00
Comentarios (1)
Está buena
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