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Cuando tenía 11 años, nos mudamos por problemas que tuvimos en nuestra casa. Yo era un niño un poco introvertido, pero no tan extremo. Soy el menor de mis 3 hermanos; creo que eso afecta un poco en el hecho de ser tímido, además de que nuestra madre nos criaba con un carácter muy fuerte y a veces exageraba en los regaños, diciendo muchas groserías. Además, no nos dejaba salir mucho, pero aun así no era para que representara un problema grave mi forma introvertida. Cuando nos mudamos a casa de mi bisabuela, conviví con primos y niños de la zona que eran nuevos para mí. Mis primos, muy groseros e insultantes, se la pasaban todo el día en la calle. Me costaba un poco adaptarme a ellos. Mi hermano, en cambio, decidió usarme a mí como burla en muchas ocasiones para caerles bien a ellos. Todo esto afectó más aún mi introversión. Además, en la nueva escuela no sabía cómo interactuar con los nuevos niños. Desde ahí se presentaron muchas inseguridades, a las que respondí con silencio; no sabía cómo reaccionar ante todo eso. De allí comenzó el trauma y el infierno de mi adolescencia. Cada vez que intentaba jugar con mis primos, me humillaban. Estando en la casa con mi familia cercana, me trataban de enfermo mental; todos mis hermanos se burlaban y me humillaban mucho. Mis padres no hacían mucho para frenar todo eso; más bien, mi madre aportaba al dolor, diciéndome que yo era muy lento, muy dormido. Mi padre siempre fue distante con nosotros, como suelen ser algunos padres, y solo podía ver en él decepción cuando veía que no me adaptaba bien. Ya no había salida para mejorar. Cada vez que conocía a alguien nuevo, mi familia se encargaba de humillarme delante de esa persona. No podía tener amigos y, por ese motivo, no aprendí a tenerlos. En la secundaria, todo fue peor: no me adaptaba y mi silencio se transformó en la razón para hacerme bullying. Estaba solo en todo momento y dejaba de entrar a clases. Ya era otro motivo por el cual mis hermanos, sobre todo mi hermano, me humillaran más delante de las demás personas, contándoles a personas nuevas que llegaban a mi vida cómo yo era en el colegio. Todo esto llevó a que me distanciara de todo contacto social. Al principio, fue obligado, y luego, por cuenta propia, me alejé. Aún quedan recuerdos que tengo, como el de una tía mía a la que le tenía mucho cariño por cómo me trataba de niño, y en ese momento se reía de mí porque en el colegio me llamaban "caso especial". Recuerdo en un funeral cómo intentaba estar con mi primo y mi hermano, y mi hermano salía diciendo que no sabía por qué lo seguía, y se alejaba con mi primo de mí, además de que hacían burlas. Otro recuerdo que tengo es el de mi padre, cómo me veía en una fiesta familiar, que no bailaba y todos los demás se reían de mí, y él solo me miraba con decepción, diciendo "no" con la cabeza. Además, recuerdo una vez en la que nos dejaron solos a mí y a mis hermanos, y mi hermana me empezó a insultar feo. Yo, siendo el menor, y ella, la mayor, intenté defenderme con mucho odio que sentía encima, y mi otra hermana me agarró por la espalda y mi hermano me golpeó en la cara. Y no es mentira que muchas noches dejé la almohada mojada en lágrimas. Yo, como dormía en un cuarto con mi hermano, esperaba a que él se durmiera y lloraba con la cara presionada contra la almohada, reteniendo el sonido del llanto. Todo eso que vivía provocaba que me sintiera como que no estaba bien mentalmente. Me veía como un enfermo mental, que yo no era normal y que nunca lo sería. Este sentimiento era muy fuerte; realmente me sentía como alguien que tiene síndrome de Down o algún retraso mental. Un día decidí que no quería una vida en la que no iba a ser alguien normal, y planeé un suicidio con veneno para ratas que mi mamá usaba. Había conseguido el empaque y lo escondí debajo de mi cama. Solo estaba esperando a explotar emocionalmente para tener la fuerza de tomarme el veneno. Y ese día llegó: había tenido una discusión con mis hermanos, que justo sucedía porque yo me defendía y ellos me decían de todo. En eso, me voy para mi cuarto y tomo el veneno en mi mano. Me ponía la mano con el veneno en la boca, repitiendo en mi mente que no iba a ser normal, que siempre iba a sufrir. En eso, entra mi mamá y me pregunta qué me pasaba, que por qué me portaba así. No le respondía, pero el veneno seguía en mi puño. Al final, no tuve fuerzas para tomarlo.

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