Me llamo Sofía y, durante muchos años, pensé que mi historia había terminado antes de empezar. Cuando era una nena, hubo personas que se aprovecharon de mí. Me arrebataron la infancia y me hicieron creer que mi vida no valía nada. Crecí sintiendo vergüenza por algo que nunca había sido mi culpa. Mientras los demás hablaban de sus juegos, de sus cumpleaños o de sus vacaciones, yo solo quería olvidar. Durante mucho tiempo viví con miedo. Miedo a la noche, a los desconocidos, a que nadie me creyera. Pensaba que jamás podría tener una vida normal. Pero un día conocí a una psicóloga que cambió mi forma de verme. No me preguntó por qué no había escapado ni por qué había guardado silencio. Me dijo algo que nunca olvidaré: "Sobrevivir también es una forma de luchar". Ese fue el comienzo de un camino muy largo. La terapia no borró mis recuerdos. Hubo recaídas, pesadillas y momentos en los que quise abandonar. Sin embargo, poco a poco empecé a entender que mi pasado no tenía por qué decidir mi futuro. Cuando terminé la secundaria, tomé una decisión que sorprendió a muchas personas: estudiaría Psicología. No fue fácil. Cada materia sobre trauma, violencia o infancia removía heridas que todavía estaban cicatrizando. Más de una vez lloré al volver a casa. Pero también descubrí que mi dolor podía convertirse en empatía y mi experiencia en una herramienta para ayudar a otros. Hoy soy psicóloga especializada en trauma infantil y trabajo junto a equipos interdisciplinarios que protegen a niños y adolescentes víctimas de explotación y abuso. Mi trabajo consiste en acompañarlos para que vuelvan a confiar, recuperen su autoestima y comprendan algo que yo tardé muchos años en aprender: nunca fueron culpables. También doy charlas en escuelas y universidades para enseñar a reconocer las señales de captación, manipulación y violencia. Hablo con docentes, familias y profesionales porque sé que la prevención puede cambiar vidas. Hay días difíciles. Algunas historias me recuerdan a la niña que fui. En esos momentos cierro los ojos y pienso en ella. Ya no la veo como una víctima. La veo como una sobreviviente. Si pudiera abrazar a esa nena, le diría que un día volverá a sonreír. Que estudiará una carrera. Que tendrá amigos. Que ayudará a otros niños a salir de la oscuridad. Que descubrirá que su pasado nunca definirá el valor de su vida. No elegí lo que me hicieron. Pero sí elegí qué hacer con mi futuro. Y cada vez que un niño vuelve a reír, que una adolescente recupera la esperanza o que una familia aprende a proteger mejor a sus hijos, siento que aquella niña que un día creyó haberlo perdido todo también está sanando un poco más. Porque hay heridas que dejan cicatrices para siempre, pero esas cicatrices también pueden convertirse en la prueba de que, incluso después del peor dolor, es posible volver a vivir.
0
Comentarios (0)
Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!
¡Atención! Los datos que ingreses se guardarán en tu perfil anónimo y no podrás cambiarlos después.