48 años
| Colombia
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Llevaba semanas haciendo malabares con las facturas, sintiendo un nudo frío en el estómago. El colapso llegó al abrir el buzón: la hipoteca, con su temida advertencia final. Sentado en el suelo, me invadió un miedo paralizante, la vergüenza de fallarle a mi familia y la cifra que nos separaba de perder la casa. En ese instante, supe que debía tragarme mi orgullo y llamar a cada acreedor para rogar por una extensión, porque la supervivencia de mi familia era lo único que importaba.
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